20 enero 2016

La prueba del algodón

Cuando se tiene mucha actividad es difícil encontrar en el calendario días libres para planificar jornadas de mantenimiento, pero los equipos se estropean, sufren averías, están sometidos al uso diverso, en ocasiones inadecuado, de multitud de usuarios. Y cuando se logra encajar, con fórceps, unos días para mantenimiento ya tienes en el taller un montón de cables por revisar, nada que no puedas liquidar en una mañana. Resulta obsceno que gentes con sueldo y consideración de técnicos, no de aprendices, sean incapaces de apreciar la necesidad de las reparaciones o mejoras a realizar, y anden al socaire de lo que les indique el compañero de turno. También es cierto, que hay quien teniendo delante de sus morros el shuko del latiguillo del fresnel descuajeringado, prefiere mirar para otro lado, rehuyendo del bricolaje. Aunque lo más cotidiano es encontrarte con técnicos de teatro que prefieren embadurnarse de mierda antes que dedicarle unos minutos a la limpieza de las varas con las que deben trabajar, no se, deben pensar que esa es la tarea de la señora de la limpieza. De mantener ordenado y limpio el peine, las galerías y puentes del telar, la bancada de frenos, los contrapesados, las motorizaciones, los barandados de amarre.....mejor ni lo tratamos. ¿ya no quedan técnicos orgullosos de su trabajo? El tramoyista, el eléctrico, el sonidista, huyen del anonimato, hoy se disputa por el protagonismo, por el manejo de los bytes, por salir al escenario a dejarse ver simulando una necesidad innecesaria, por aturdir al espectador con un repertorio de movimientos de luces impacientes aunque devenga fuera de contexto....desaparecieron los artesanos teatrales.

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