14 enero 2014

La guarida del tramoyista. Reflexiones.

Desde ahí arriba, desde los puentes y galerías que cuelgan del telar, los tramoyistas curtidos en infinidad de representaciones, se esmeran subiendo y bajando decorados, y lo hacen acompañando la cadencia de las notas que brotan de las profundidades del foso de orquesta. Trabajar en el territorio de las alturas implica enormes dosis de responsabilidad, que por lo general pasan inadvertidas hasta que ocurre algún percance indeseable. El telar, ese sitio invisible restringido a unos pocos con “dotes” que han emprendido la ruta hacía la desaparición. Compartir telar con un tramoyista que aglutine habilidades mecánicas, sosiego, prudencia, destreza, responsabilidad y sensibilidad artística, es hoy casi rogar porque ocurra un milagro.


Son pocos los tramoyistas con acceso a manejar alta tecnología, ¿en cuántos teatros la consola de control de motores puede conectarse para ser manejada desde el telar? Los tramoyistas han sido relegados de sus diversas tareas, antes por evolución tecnológica, ya que eran los encargados de simular los diferentes fenómenos meteorológicos (truenos, viento, lluvia), y ahora por usurpación, son los técnicos con perfil eléctrico quienes les han apartado de las maniobras de varas motorizadas. 


Los viejos tramoyistas tuvieron poco reconocimiento, sucumbieron bajo la implacable losa del olvido, yo aún mantengo intactos los recuerdos de aquellos que construían, reparaban, montaban y desmontaban decorados, fabricaban las máquinas de vuelos, disponían los utensilios para que el telón abriera a la veneciana o cayera a la alemana. Esos viejos tramoyistas eran el alma sobre la que palpitaba la frenética actividad del teatro en otro tiempo. Artífices de ilusiones. Eran verdaderos constructores de sueños.




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