22 agosto 2011

¿ La crisis del teatro o el teatro de la crisis ?

Desde 1900 hasta nuestros días siempre ha habido alusiones a la crisis del teatro, debemos pensar entonces en un mal endémico.

Para los que abogan por una refundición de las políticas culturales neoliberales, me permito refrescarles la memoria, en aquel entonces los teatros eran gestionados por empresarios privados en busca de beneficios, pero las cosas iban igual de mal que lo pueden ir ahora. De modo que el sainete de la crisis no es nuevo.
Estalló la burbuja inmobiliaria y a la par también reventó la burbuja teatral. Parece evidente que el mercado no tiene capacidad para absorber tanta producción (1200 grupos de "teatro" deambulando)y terminará por hacer criba y autorregularse. En este país los teatros públicos han visto reducidos sus presupuestos en más de un 40%, y no olvidemos que éstos constituyen la espina dorsal que da cobertura a la exhibición teatral, sólo que el criterio de contratación imperante del momento es exclusivamente mercantil, economicista, estrangulando valores de enriquecimiento personales y colectivos fomentados a través del teatro. Bajo ese panorama encuentran una mayor dificultad de ver la luz, aquellas obras de denuncia social, inquietudes poéticas o creatividad artística.

Estoy convencido de que el contenido de la temática teatral no puede dar la espalda a la realidad social o fracasará, pero tampoco debemos situarnos en el otro extremo, el del entretenimiento burdo de carácter bufonesco que tan sólo persigue pasar el rato agradando los oídos del público pero…sobre todo llevarse las perras.

Aunque la situación en términos generales no resulta agónica, ha llegado el momento de despertar, de consolidar aquello que funciona y al mismo tiempo recurrir a nuevas fórmulas para capear el temporal. Mientras el sector llega a acuerdos de manera inmediata algo se puede ir haciendo; qué tal... un ajuste de precios, patrocinios, fiscalidad, promoción televisiva, modernizar la aplicación de técnicas de marketing, fomento de nuevos públicos, campañas escolares, mejorar el apoyo a la fidelidad, producciones sostenibles cuyo objetivo sea la autofinanciación, promoción y divulgación contemporáneas más imaginativas, contactar con el espectador potencial, tener en cuenta la opinión del cliente (encuestas al público), estudios de viabilidad de las producciones, programaciones coherentes y no coincidentes, “avalar” las previsiones de amortización de las obras…si ya se, diréis que algo de todo esto ya se ha experimentado, ¿pero se ha hecho bien? ¿durante cuanto tiempo?
El gran reto, milagro diría yo, y ésta es una tarea generacional, consiste en conseguir que el teatro cale en una sociedad acostumbrada o inducida a ocupar su tiempo de ocio consumiendo otros productos.

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